Me temblaban las manos al abrir el cuaderno de Rosa.
Su letra parecía pulcra y delicada al principio, exactamente como la recordaba. Listas de la compra. Citas médicas. Recordatorios escolares. Notas sobre facturas y medicamentos.
Entonces la escritura cambió.
Las letras se volvieron más apretadas. Más desordenadas. Nerviosas.
Como alguien que escribe con miedo a ser descubierto.
“Arturo dice que las chicas le arruinaron la vida.”
“Hoy me escondió las llaves del coche para que no pudiera ir al médico.”
“Me han vuelto a cambiar el horario de trabajo. Recursos Humanos dijo que la decisión venía de la dirección.”
“Arturo trabaja en Recursos Humanos.”
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Rosa y Arturo trabajaban en la misma empresa. Ella se encargaba de la administración. Él trabajaba en Recursos Humanos, lo que significaba que controlaba los horarios, las solicitudes de vacaciones y los informes internos.
Siempre creí que él la cuidaba.
A menudo me decía que se sentía agotada. Que le dolía el pecho. Que ya no podía dormir.
Le rogué que se quedara conmigo un tiempo, pero ella siempre respondía:
“No quiero que mis hijas crezcan sin su padre.”
Seguí leyendo.
“Me han denegado la baja médica otra vez.”
“Arturo dijo que si yo moría, por fin se sentiría libre.”
“Mariela no quiere chicas cerca. Arturo dijo que solucionaría ese problema.”
Levanté la vista lentamente.
“¿Quién es Mariela?”