Lucía, de doce años, apretaba con fuerza la fotografía de su madre contra su pecho.
Renata, de nueve, miraba fijamente a la distancia sin pestañear.
Abril, de seis, se escondía tras mi abrigo negro, temblando en silencio.
Arturo parecía perfectamente sereno. Traje gris. Reloj caro. Zapatos lustrados. Ni una arruga en el rostro. Ni rastro de tristeza en sus ojos.
Revisó un mensaje en su teléfono y sonrió levemente, como si alguien lo estuviera esperando para celebrar con él.
—¿Qué acabas de decir? —pregunté.
Suspiró con impaciencia, como si yo fuera la molestia.
—Don Julián, no lo haga más difícil de lo que ya es. Rosa se ha ido. Merezco seguir adelante.
—¿Y tus hijas?
Señaló a las niñas con indiferencia.
—Mi nueva pareja no va a criar a tres niñas que apenas me hacen caso. Usted es su abuelo. Si tanto las quiere, lléveselas.
Varios familiares bajaron la mirada avergonzados. Mi madrina se tapó la boca. Incluso el sacerdote se arregló la sotana de repente para no tener que presenciar la escena.