Miles Redwood, el “niño de oro” de las portadas económicas y el multimillonario del que todo el mundo hablaba ese año, repasaba en su tableta la lista digital de invitados de la Gala Atlantic Sovereign. Para él no era una simple fiesta: era la noche que debía consolidar su reputación, su influencia y su imagen pública.
Por eso, sin parpadear, tomó una decisión que ni siquiera se molestó en disimular: borró el nombre de su esposa, Lidia, del listado.
—No debería estar ahí —le dijo a su asistente con una frialdad calculada—. Es demasiado… normal. No entiende lo que significa la proyección. Esta noche va de estatus y de apariencia.
En su cabeza, Miles se veía a sí mismo “protegiendo” su marca personal. Imaginó a Lidia tal como la había visto tantas veces en casa: ropa cómoda, manos manchadas de tierra por el jardín, esa tranquilidad que a él le parecía fuera de lugar entre flashes, diamantes y sonrisas ensayadas.
Y, en consecuencia, decidió aparecer con Brielle Knox en su lugar: una modelo deslumbrante, ambiciosa, experta en posar ante cámaras y en moverse con soltura entre gente poderosa.
- Miles ordenó retirar el nombre de Lidia del evento.
- Insistió en que no se le permitiera el acceso si intentaba entrar.
- Eligió a una acompañante “más adecuada” para su estrategia de imagen.
—Elimínala —remató—. Y si intenta pasar, que seguridad la detenga.
Lo que Miles no sabía era que ese “Acceso denegado” no se quedaba solo en el sistema del evento. La notificación se replicó, como parte de un protocolo automatizado, en un servidor cifrado y altamente protegido en Zúrich.
Cinco minutos después, el móvil de Lidia vibró en la mansión.
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