Mi teléfono grabó todas las conversaciones que tuve después de ese día.
Mi compañera Mara rastreó los mensajes anónimos hasta Adrian.
Mi abogado revisó los documentos médicos falsificados que Patricia había preparado.
Mi banco detectó el intento de Adrian de acceder a mis ahorros con una autorización falsa.
Pero la pieza final provino de alguien a quien Patricia subestimaba: su ama de llaves, la señora Lin.
Encontró un recibo roto en la basura: una consulta con un centro psiquiátrico privado.
Cuando visité la clínica, el personal reconoció a Adrian de inmediato. Él y su madre ya habían preguntado sobre la posibilidad de internarme en un centro psiquiátrico después del matrimonio.
Al día siguiente, Adrian sugirió una cena familiar.
“Deberíamos celebrarlo”, dijo. “Luego firmaremos todo”.
Sonreí. “Invitemos a todos”.
No se dio cuenta de a quién incluía eso.
Durante la cena, bajo una gran lámpara de araña, Patricia anunció que había llegado el momento de firmar los documentos.
Adrian deslizó la carpeta hacia mí.
Tomé el bolígrafo.
Entonces lo dejé en el suelo.
“No.”
La habitación quedó en silencio.
Patricia espetó: “Es tu ansiedad la que habla”.
—¿Mi ansiedad? —repetí.
Coloqué un pequeño altavoz sobre la mesa y pulsé reproducir.
Su voz llenó la habitación:
“Le quitaremos su apartamento y su dinero… y luego la echaremos.”
Se oyeron jadeos.
Adrian intentó negarlo, pero su propia voz lo siguió.
“Firmará. Confía en mí.”
Las puertas se abrieron.
Entró mi abogado. Luego los detectives. Luego Mara. Luego la señora Lin.
Patricia exigió que se marcharan, pero los detectives presentaron órdenes de detención.
Fraude. Falsificación. Explotación financiera. Acoso. Incluso sospecha de envenenamiento.
Adrian entró en pánico.
—Las pastillas para dormir —dije con calma—. Deberías haber comprobado si había huellas dactilares.
Me miró con desesperación.