Usé el baño de madrugada. Mi yerno despertó y gritó: “¡Vieja inútil, ¿no sabes bañarle al inodoro?! ¡Apesta toda la casa!” Me sentí una basura. Limpié el baño en la mañana. Al irse ellos al trabajo, llamé al camión… de mudanza para llevar todo…

Tomé una hoja de papel con el membrete del hotel y saqué mi pluma fuente, la que me regaló mi esposo antes de morir. Comencé a trazar el plan. No iba a hacer un ataque frontal. No iba a ir a gritarles. Eso es vulgar. Eso es lo que hace Roberto. Yo iba a operar desde las sombras, con la eficiencia silenciosa de quien ha dirigido una cocina durante décadas.

Primero, los servicios. Segundo, el acceso. Tercero, la legalidad.

Miré el reloj. Eran las 5 de la tarde. Las oficinas de la compañía de luz y de internet cerraban a las 6. Tenía tiempo.

Marqué el primer número. Era mi proveedor de internet y cable.

“Buenas tardes”, dije con mi voz más dulce, esa que usaba para calmar a los clientes insatisfechos. “Habla la titular de la cuenta 8940B. Sí, Francisca Morales. Mire, señorita, fíjese que voy a salir de viaje un tiempo largo y necesito suspender el servicio temporalmente.”

“Ah, sí, se puede hacer inmediato. Maravilloso. Sí, córtelo todo desde hoy. No, no deje ni la señal básica. Que descansen los ojos de tanta pantalla.”

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