La doctora, una mujer de ojos cansados y voz suave, me encontró junto a la cama de Andrew.
—Estamos realizando pruebas —dijo con suavidad—. Andrew no responde y su corazón se detuvo brevemente, pero logramos reanimarlo. Está en coma y aún estamos tratando de determinar la causa. Cada hora es crucial.
“¿Tienen sus registros? ¿Su historial médico?”, pregunté.
Ella asintió con aire tranquilizador.
Me quedé allí, agarrada a la barandilla de la cama, escuchando el pitido constante de los monitores. El mundo se redujo al subir y bajar del pecho de mi hijo.
Brendon lloró a gritos, con una expresión cruda y desgarradora, pero algo en su llanto resultaba extraño. Parecía ensayado, como si estuviera construyendo una coartada con lágrimas.
Me arrodillé junto a Andrew y le acaricié la frente.
—Estoy aquí, cariño —susurré—. No tienes que ser valiente sola, ya no.
En ese silencio, recordé su último mensaje de texto:
“Te quiero, mamá. Nos vemos en la cena.”
Brendon se acercó.
“Él estaba bien, Olivia. Simplemente dimos una vuelta a la manzana. No dijo que le pasara nada.”
Mantuve un tono firme. “Brendon, ¿dijo que se sentía mareado o que tenía dolor en el pecho antes de desmayarse?”
Lea más en la página siguiente >>